Capítulos V y VI

V
El Cuaderno de Berthier
Infiltrados
Me miraba de reojo, como si me espiase, o como si me tuviese miedo por algo. Se le había estampado la sorpresa en la cara y eso era lo que yo buscaba. Sabía desde un principio que con él podía hablar. Aquella respuesta de “bien atado” no me pareció muy acertada, como si fuese un extranjero, por lo cual podría ser que entendiese esto más o menos como lo entendía yo. Pero nunca imaginé que era otro "viajero" mas. ¿Cuántos habría? ¿O éramos los únicos?
Decidí preguntar como si fuera algo normal, manteniendo una postura calmada pero sin olvidar que era un militar. Solo era una charla entre compañeros. Al principio era una conversación simple, del tiempo y de cosas así. Yo trataba de bucear en mi memoria lo que sabía de aquella época, pero por más que me esforzaba no recordaba ninguna invasión a Inglaterra desde Francia. No habíamos andado mucho camino cuando una acción espontánea lo delató, algo que despertó mis sospechas, algo que no concordaba. Miró la hora en un reloj de pulsera metálica, muy moderno para la época. Yo tenía uno parecido que escondía ya que los demás usaban unos de bolsillo, con una cadenita atada a la chaqueta. Ahí me di cuenta que no era el único que estaba en esa situación y recordé la palabras de Napoleón cuando se refirió a Junot “desde que fue herido en la cabeza en Italia está cada vez mas raro. Desvaría, tiene esas salidas que parecen mas de un adolescente que de un militar de carrera…”
Louis Alexandre Berthier
Lo dicho, la sorpresa no se quería borrar de su expresión y llevaba una mueca de bobalicón que causaba gracia. Para no reírme en su cara desmonté sin mirarlo delante de una escollera que limitaba el puerto adentrándose en el mar, y dándole la espalda le hice señas de que me siguiera. Nos acomodamos sobre unas rocas mientras los caballos caminaban libres por la arena. A ambos lados había cientos de hombres trabajando en sus menesteres. Cuando se sentó frente a mí lo hizo con cautela, como tratando de asimilar lo que le había dicho segundos antes, así que decidí calmarlo.
- Bueno, te escucho. -Mientras atendía su relato busqué dentro de la chaqueta un paquete de cigarrillos. Encendí uno y le convidé.
- Antes repite lo que has dicho de Buenos Aires
- Después. Ahora contame tu historia
-Me llamo José Antonio. Soy de Jaén, Andalucía. Pero desde hace un año vivo en Granada. Mi padre trabaja en un instituto, es profesor de Matemáticas y lo trasladaron ahí, así que nos mudamos a un cortijo en las afueras de la ciudad. Como todos los días, iba al instituto pero ese jueves no tenía ganas de ir. Mi viejo estaba en otro colegio, uno privado que le tocaba ese día, así que aproveché para juntarme con mi hermano y unos amigos que estaban en la universidad. A veces, cuando no tengo ganas o no se donde ir me voy con Manuel que estudia Filosofía en la cartuja… ¿Conoces Granada?
-No, es la primera vez que estoy en Europa.
Bueno, en una universidad. Entonces suelo ir ahí y cuando Manuel no entra a una clase nos juntamos con sus amigos. El tiene una banda de rock, toca el bajo. Y yo me pongo a tontear con la guitarra.
La historia es que me metí en una calle que no conocía un par de esquinas antes del instituto para que no me vieran. Para que no se chiven a mi viejo. Quería subir a la universidad por otro camino así que mucho no conocía por donde iba, pero me orientaba. Al principio me extrañó que el barrio cambiase tanto, aunque no le di mucha importancia. Allí todavía hay muchos barrios antiguos, con casa de piedra, pero de madera no había visto. Y menos pintadas así de varios colores, como en Nueva Orleans ¿sabes? Hasta que empecé a ver gente un poco rara, vestida en forma antigua… No me extrañaba ver calles de barro, porque en el pueblo donde vivíamos antes aun queda alguna en las afueras, pero cuando llegué a la plaza de la feria, una que es gigantesca donde se vendían animales, velas, ropa, de todo…
-Si, yo también pasé por ahí, la conozco
-Bueno esa. Ahí ya estaba descolocado y en vez de volverme me metí más por una calle que salía al costado. Cuando quise acordar estaba en el medio de un laberinto de callejuelas infernal. Anduve vagando por el barrio y no sé por donde más. Crucé de ida y vuelta un río gigantesco, si hasta tenía una isla en el medio y todo. Siempre escondiéndome de los guardias. En un momento me senté en una esquina a mendigar, y una vieja me dejó una hogaza de pan del día anterior. Lo peor de todo era el frio, macho. Era insoportable!!! Pasé la noche acurrucado en un portal viendo como llovía...
Mientras hablaba yo pensaba sobre el asunto. Su historia se parecía bastante a la mía. Trataba de imaginar por donde anduvo, y como llegué yo ahí. Pero no estaba muy seguro de la vuelta. Si los dos volvíamos juntos por la misma calle, ¿adonde iríamos? ¿A Andalucía o a Buenos Aires?
-Cuando estaba amaneciendo me pasó algo totalmente increíble. Me metí en un bar y pedí un vaso de agua. No tanto por la sed, sino para sentir algo de calor, aunque más no sea por un minuto. Entonces un guardia, de esos que están de policías en la calle, se acercó a la barra y le dijo al camarero, “lo que beba el general lo pago yo”. Me quedé atónito. Y el tipo insistía como pidiéndome permiso. Como un gilipollas le dije que solo iba a beber un vaso de agua. Suerte que insistió en invitarme el desayuno. Me comí un bollo y un café y el guardia preguntaba sobre donde había estado, en que campañas, si era de la camada de Marengo, en Italia, cosas así…
Yo le decía a todo que si, le seguía la corriente. Al principio pensé que me había confundido con otro, pero en un momento le pedí disculpas y me fui al baño. Entonces me vi en el espejo por primera vez en 24 horas y tenía puesto este uniforme. Pero con todo, completito. El sombrero, la capa, las botas… todo, todo, todo. No faltaba nada. Al final uno de estos apareció en el café y se cuadró ante mí, me dijo que la guardia me estaba buscando desde hacía una hora, que por favor no los dejase solos de nuevo porque se comprometían ante el emperador.
Solamente le sonreí, como no dándole importancia. Pero me dijo que ya estaba todo listo para la reunión con el mariscal Ney. Me despedí del guardia y del camarero. Cuando salí a la calle había unos 30 soldados a caballo. Me acercaron uno. Yo ya sabía montar desde niño, así que no tuve problemas con eso. Como no tenía ni puta idea a donde íbamos, le dije que lo seguía y a una orden del que me había encontrado, formaron un perfecto cuadro alrededor mío. Y nos fuimos hasta el cuartel donde nos encontramos. Lo demás creo que ya lo conoces.
Charlamos durante más de dos horas. Por lo que pude entender su historia era igual a la mía. Una calle y de pronto todo cambió hasta llegar a la misma plaza que pasé yo. Nos preguntamos si había algún otro en la misma situación. Repasamos todo lo vivido en los últimos dos días: nombres, lugares, conversaciones, etc.
-¿Pero tu te das cuenta que vamos a ir a una guerra?, No se tu, tío, pero no tengo ni puta idea que hacer. Para colmo esos que están ahí no nos dejan movernos. Parecemos prisioneros.
-Es la guardia. Somos oficiales superiores del ejército de Francia. Esa gente está para protegernos. Además no creo que esto vaya a pasar en realidad. Por lo que recuerdo de historia, Francia nunca llegó a invadir Inglaterra. El ejército de Boulogne terminó en la batalla de Austerlitz. Pero a esta altura de los acontecimientos no se que pensar.
-¿Y que vamos a hacer? Me da lo mismo que vayamos a Austris o como se llame. No tengo ni puñetera idea de cómo se maneja una espada.
-A mí tampoco se me ocurre una idea de que hacer. ¿A dónde iremos? Ni siquiera conocemos el lugar donde estamos. Acá por lo menos tenemos una ventaja, yo soy Mariscal de ejército y vos general. Así que mientras se nos ocurre algo mas nos vale quedarnos como estamos. Estamos cubiertos por las graduaciones militares.
- ¿Tú sabes algo de militar? ¿En tu país se hace la mili antes del instituto o algo así?
-No. Pero cierro la boca y abro los oídos para enterarme de lo más posible. Y si a vos te pareció que estar solo con Bernardotte o Ney era peligroso en tu caso, imaginate lo mío con Napoleón.
-Uyy! ¿Que te ha dicho? ¿No te ha descubierto?
-Estaba preocupado por vos. Bueno, por el General Junot. Dice que desde que te hirieron en la batalla de Marengo, en Italia, estas raro, como si te hubiese afectado y te estuvieras volviendo loco. Dice que la herida fue en la cabeza.
-Vale. O sea que de pronto soy francés, me dicen general, quieren que invada Inglaterra, y el loco soy yo… cagüentosumuerto. Igual tienen razón.
-Mirá, será mejor que te pongas al día de lo que puedas averiguar sobre tu personaje, y sobre todo que te lo creas, porque lo mejor que podemos ser ahora son Junot y Berthier. Yo voy a ver que averiguo, y a vos mas te vale hacer lo mismo. Hasta donde pude saber, te llamás Jean Junot, estudiaste en París y sos abogado, y después te hiciste militar. Por lo que escuché de Napoleón, te quiere mucho porque hace años que estamos a su servicio, somos de los más viejos bajo su mando, desde cuando él era solo general. Escuche a Ney decir a un soldado que vos y yo somos la mano derecha, y la mano izquierda del emperador.
Jean Andoche Junot
Estuvimos en Italia donde te hirieron en la cabeza y desde ese momento no sos el mismo, por eso está preocupado. Dicen que tus cambios de humor son cada vez mas frecuentes y que vivís endeudado, despilfarrando billetes por donde vas. El propio emperador ya te pagó las deudas en dos oportunidades. Me dijo que le salís más caro que un hijo. En algún momento estuviste en Portugal, pero no sé que estabas haciendo allá. Eso es todo lo que se. Así que a los otros los tenés que conocer de Italia y supongo que de alguna reunión en París. Se que Lannes, Marmont, Murat y yo, bueno el Berthier verdadero, estuvimos en Italia, creo que Ney también, pero no estoy muy seguro.
-Vale. ¿Y que se supone que haremos cuando pasemos al otro lado del canal?
-Tratar de seguir con vida. En tu caso tenés una buena excusa si algo sale mal, se supone que estas mal de la cabeza.
-¿No podrías hacer que yo marchara en tu división? A ese Bernardotte no lo conozco.
-No sé. No te prometo nada. Pero eso sí: si vamos juntos seguramente estaremos al lado de Napoleón. No te olvides en ningún momento de que acá nos tratamos de usted, “mariscal, general” y todo eso. No te vayas a confundir y terminemos los dos mal. Y otra cosa, mucho ojo con las españoladas, ya viste lo que pasó cuando te mandaste eso de “bien atado”.
-Me cago en tus muertos, tío. ¿Cómo se te ocurre preguntarme algo así delante de los otros dos?
-¿Y yo que sabía? Se supone que vos eras uno de ellos. Apenas me defiendo en mi papel ¿y también querés que suponga quién es infiltrado y quién juega de local? Bastante tengo con hacer de malabarista en este circo. Magia no pidas.
-Vale, vale. No te cabrees macho. Entiendo. Pero comprende tu también que no tenía ni puta idea de que responder. “¿Y usted que opina, Junot?” Opino que están todos locos, que tendrían que encerrarlos en un hospital mental a todos juntitos. Que me estoy cagando de frio y hambre y que no vuelvo a faltar al instituto en el resto de mi vida. Cagüentoosusmuertos.
Me daba gracia. Se irritaba con facilidad. Pasaba del miedo a la sorpresa con una velocidad asombrosa. Pensé que después de todo, a esto se refería el sire con los repentinos cambios de humor de Junot.
-Tío, ¿y si nos vamos ahora? Así, sin más. Sin decir nada. Cogemos uno de esos carros… o no, mejor en los caballos. Ahora, nos montamos y salimos. Total en un día estamos en París.
-No. No creo que lleguemos lejos. La guardia no se nos despega y se supone que tanto Berthier como Junot tienen que estar acá. No quiero imaginarme si nos llegan a cazar, nos fusilarían por traidores o desertores… no, yo sigo. Además ahora quiero ver hasta donde llega esta historia. Vos si querés lo podés intentar, yo no te lo voy a prohibir, pero si te agarran no te conozco. A lo sumo les diré que te volviste loco del todo. Pero no cuentes conmigo, no me la voy a jugar.
Encendimos el segundo cigarrillo antes de montar. Apuramos el paso para recuperar tiempo y para resguardarnos de la lluvia, que ya se hacía sentir con más fuerza. Repasamos todos los datos que teníamos y tratamos de asegurarnos de no perdernos de vista mucho tiempo. De preocuparnos uno del otro en lo que se pudiera. También hablamos de estar atento a las señales de reconocimiento por si aparecía otro “infiltrado”. Así nos definíamos, infiltrados.
Cuando volvimos al edificio donde nos reunimos durante la mañana la guardia se dirigió directamente a la plaza de armas donde desmontamos, pero en lugar de entrar al palacio o a las casas donde dormimos, el jefe de mi guardia abrió la puerta de la berlina esperando que montemos en ella.
Antonio me seguía, asi que subimos los dos. No anduvimos mucho. En unos minutos estábamos en otro palacio pero este sí que era un palacio de verdad. Era un gran caserón de tres plantas con un frente muy particular ya que la entrada era un saliente del frente como un gran torreón. Cuando llegué a mi despacho me di cuenta que no solo era el edificio que presidía el campo militar sino que el mariscal Berthier ya estaba habituado a esa casa. Según el capitán Schmitz que vivía allí, los hombres que maniobraban en el campo trasero de la mansión era la última leva del año anterior que yo mismo había convocado desde el ministerio, y además, el programa de entrenamiento era el mismo que se hacía desde que yo lo había programado cuando era General de Brigada a cargo de éste campo y desde esta misma vivienda. Junot escuchaba todo a mi lado muy atentamente.
Cuando llegamos al palacio ya habían terminado de comer, pero un soldado nos consiguió unos platos de un guiso que estaba muy buenos, y sobre todo muy calientes, lo cual por el frio y la lluvia nos vino muy bien. En la cocina nos enteramos por un suboficial que los barcos habían sido vistos muy cerca. -Parece que fueron vistos antes de separarse de la costa en Brest por lo del bloqueo. Dicen que empezamos a embarcarnos esta noche- resumió el cabo de la cocina.


VI
El cuaderno de Berthier
Embarque
Durante la mayor parte del día anterior no salí del despacho de Clery. Había estado entretenido con un grupo de científicos que definí como los técnicos. Una de las cosas que me asombró, fue el hecho de que cada uno era más de lo que el título decía. Jomard era un ingeniero y muy buen dibujante que hacía las veces de geógrafo. Vivan Denon no tenía título, pero me quede absorto viendo como dibujaba paisajes y esculturas del antiguo Egipto, país que visitó en una de las campañas de Napoleón.
Otra de las cosas que me dejó atónito fue la charla que manteníamos con Vivant, Jomard y el más respetado de todos, un matemático llamado Gaspard Monge, que era además el vicepresidente del senado, e ingeniero militar, aunque no era soldado, solo profesor. En realidad, la discusión la mantenían ellos. Se trataba de construir un canal que uniera el mediterráneo con el océano Índico. Hablaban sobre los estudios geológicos de un tal Dolomieu y la posibilidad de usar unas piedras para contener el agua y hacer embalses. Enseguida me di cuenta que hablaban del canal de Suez. Yo creía que ya  estaba construido, pero pensaba que originalmente era una obra propuesta por los faraones, mejorada después por otros. Pero no. Resulta ser que en esta época, esta gente estaba en el proyecto, que se le había ocurrido a Vivant por una necesidad de Napoleón de llegar a la India más rápidamente.
Estos tipos y otros más (unos 150) habían ido a Egipto con el Sire cuando este era aún general. Y ahora estaban escribiendo todo lo que habían descubierto en una enciclopedia. Eran miembros de una academia de científicos de la época.
Al siguiente día seguía lloviendo con esa garúa fina que calaba hasta los huesos. Solo que esta vez no había viento. Tenían razón los de la marina cuando dijeron que esta noche sería la mejor para el cruce. Durante dos jornadas se había visto como el mar rompía contra la costa cualquier cosa de madera que le tiraran. En varias oportunidades probaron acelerar el embarque en las primeras naves que habían llegado, a pedido del Sire. Y los resultados eran desastrosos, no solo por la forma en que se rompían los botes contras los riscos de la rivera, sino también porque se perdieron algunos soldados en la enfermería. Inclusive uno de ellos resultó muerto. Y casi le cuesta la vida a otro cuando trataban de rescatar el cuerpo. La frustración de los oficiales era mayúscula pero nada comparable con la del emperador que rayaba en la furia por tener que seguir posponiendo la operación.
Pero hoy no se veían olas furiosas con cresta blanca. El mar estaba movido pero no revuelto. Los grandes botes iban y venían con las cargas humanas y de las otras.  El embarque en los botes se hacía en una dársena en el río. Luego se bajaba por la desembocadura hasta salir a mar abierto, todo a remo. Las chalupas eras grandes y no se cuantos soldados cabían en ellas, pero en la playa habían otras mas grandes que trasladaban animales y otras cosas.
Además de los cañones y caballos habían hombres que se encargaban de subir gran variedad de implementos, desde sogas con mancuernas y piquetes hasta comida, pasando por tiendas de campaña, encofrados de madera y herramientas de herrería, arcones de papeles de los oficiales y escribas, ropa de invierno, y muchas mas cosas que no sabría describir para que sirven. Era la movilización de una ciudad completa. Y eso que solo llevábamos lo imprescindible.
Durante seis horas los botes de carga estuvieron en constante movimiento como los hombres. Especialmente a la hora de cargar los animales de tiro para los cañones de la artillería pesada. No recuerdo haber visto ni en películas una cantidad de caballos como la que teníamos en esa playa.
A pesar del impresionante movimiento, por encima de las voces de los soldados, los gritos de los oficiales y los relinchos y bufidos de los animales, el mar seguía imponiendo su monótona melodía, como advirtiéndonos del cuidado que debíamos tener si no queríamos naufragar.
Antes de la bajamar, los buques ya cargados se alejaron rumbo al Norte donde se camuflarían en la costa de cabo Blanc Nez y Calais. La bruma los fue cubriendo rápidamente hasta que el paisaje se confundió sin poder distinguir casi el gris de las aguas del gris de las nubes. Varias chalupas y botes se quedaron en tierra a la espera de las 9 de la mañana donde empezaría de nuevo la operación, pero ésta segunda parte sería mucho más rápida ya que el 70% de la carga estaba embarcada.
El viaje en sí duraría unas dos horas, pero se tardaría más en desembarcar todo. Los navíos mayores como el Redoutable, el Bucentaure o el Formidable llevaban además de sus botes, otros amarrados que flotaban a babor y estribor, para acelerar la descarga y alejarse de la costa antes de que la pleamar baje. La intención era poner pie en tierra en Deal entre la 9:30 y las 11:00 de la noche.
Cabo Griz Nez
Estaba pensando en Juan Antonio, no lo vi subir a su transporte ya que estaba muy alejado de mi posición. Parado en un montículo frente al Cabo Gris Nez, estaba acompañado de Napoleón y Soult, mirando el movimiento de hombres sobre la playa. Los botes y chalupas de los demás barcos llegaban impulsados por marineros y soldados para adelantar el trabajo de cara a la pleamar, mientras el grupo de carpinteros que desde hacía meses construían las chalupas de embarque, ahora desmontaban los rieles de botadura y eliminaban todo rastro de trabajo, recogiendo sus herramientas y pertrechos. Solo quedaban unos pocos rieles de madera montados en la playa sobre el agua, donde elevar botes en caso de que fuera necesario. Fue Soult el que rompió el silencio:
-Gracias a Dios el tiempo no empeora. Estaremos embarcados totalmente a eso de las 11:00 y llegaremos a Hasting a eso de las 9:30 de la noche. Que haremos con el tiempo intermedio ¿Sire?
-Según me ha informado el oficial de marina, estaremos anclados en nuestra costa unas cuatro horas. Los británicos siguen el bloqueo a Ganteaume en Brest. Darú ya partió con órdenes de que nuestra flota intente romper el dichoso bloqueo durante el atardecer para cubrir nuestra travesía… Después del desembarco una parte de la escuadra seguirá rumbo al norte como si quisiésemos desembarcar en la costa del Támesis, simulando un ataque al puerto de Londres, mientras que el resto de la flota atacará el puerto de Plymouth, al Oeste de Brighton. Estos tienen orden de cortar suministros a la flota inglesa y desbloquear a Ganteaume. Mientras, nosotros a lo nuestro.
Me imaginé el movimiento de los barcos mientras el emperador hablaba. Aun no entendía como se simula un ataque naval. Esos mastodontes acuáticos no se movían con gran velocidad, o por lo menos eso era lo que parecía desde tierra.
El frio se hizo mas duro al comenzar nuevamente la llovizna. Nos retiramos al comando del palacio de la plaza de armas donde nos recibió un buen café caliente que le devolvió el alma a mis huesos. Además de los mariscales y generales que aun quedaban por embarcar, el numeroso grupo de técnicos rodeaban al emperador. Físicos, médicos, cartógrafos, historiadores, naturalistas. Pero no iban a viajar todos, solo un grupo pequeño. El que estaría a cargo del equipo de ingenieros en esta expedición era el ingeniero llamado Jomard. Junto con Vivant estaban dedicados a estudiar y recabar información sobre Inglaterra. Este Vivant había hecho unos planos de tierras de diferentes partes del Sur de la isla y los ponía a disposición de los mariscales y generales donde detallaban diversas cuestiones del camino a seguir. Mientras escuchábamos la conversación, el ingeniero Monge y yo tomábamos café en silencio a la vez que estudiábamos los planos relacionándolos con las palabras de Ney, Lannes, Soult y Murat.
-El terreno no es llano, pero no hay problemas graves.- Aclaró Vivant -En el Sur de la isla no existen cadenas altas como en Europa continental, mas bien es una continuidad de mesetas. Se destacan especialmente los Downs Hills. En la zona de los desembarcos esta cadena se divide dos partes: South Hills y North Hills. Las North son estas cadenas de elevaciones que forman un arco desde la playa de Dover hasta bien entrado en la isla camino a Gales.- Mientras hablaba señalaba en el mapa -Comencemos con este desembarco: Deal se encuentra al Norte de los Hills al pie de esta formación. Hacia el Norte tenemos la ciudad de Canterbury donde rige el arzobispado, pero el plan es marchar a Londres evitando esta ruta, por lo cual se debe cruzar la meseta a la altura de Nailboume y seguir la ruta hasta Maidstone donde creemos se puede encontrar resistencia. Maidstone es la capital del condado de Kent y es el mejor lugar para cruzar el rio Medway. En ese momento la columna estará a unos 50 kilómetros de su objetivo, Londres. Pero esta ciudad está en las mismas elevaciones, en un punto donde la cadena de mesetas se desvía hacia el Oeste mientras que nuestro ejército se dirigirá hacia el Norte, bajando por la misma ladera camino al Támesis. Aquí existen varios puntos donde hacer base ante el ataque a la capital. Hemos elegido Dartford porque se encuentra a medio camino entre la entrada de Londres y el acceso al puerto donde atacará la flota de Lucas. Pero además en la bahía se encuentra el puente de Canterbury, perfecto para el ingreso a la ciudad ya que el ataque se prevee a los centros de poder que se encuentran en la rivera Norte del río.
-¿Qué tenemos en la ruta principal?- pregunté
-El desembarco principal se hará en la costa de Hasting. Es una costa baja, accesible y de allí por una serie de valles hasta Crawley. Desde aquí hacia el Norte hasta Epson. En este tramo del camino cruzaremos los North Hills en sus puntos mas altos. Al Oeste de Botley Hills que es el pico mas alto de esta cadena. Luego de este cruce, al pié de la ciudad de Warlingham hay una serie de pequeñas mesetas hasta la llanura de Epson. Allí se dividirán las tropas de Soul y Lannes que seguirán hasta Holloway rodeando Londres para entrar por el Norte.
El plano mas alto no supera los 270 metros de altura, aquí, antes de la llanura de Epson. Desde allí hasta la capital no hay escollos y la visión es previsible. En cuanto al Támesis tiene varios puntos vadeables. Yo sugiero pasar por la zona de Richmond, más que una ciudad es un suburbio separado del centro de la capital por unos grandes parques. Si no se llega por la ribera Norte será más difícil ya que no hay puentes suficientes para aguantar todo el ejército hasta llegar al recodo de Chelsea.
-Eso nos supondría un problema grave porque seguramente será lo que mas defiendan. Y por el ancho de los puentes será como si nos metiésemos en un embudo. –Intervino Soult.
-Si se trata de construir puentes –interrupió Monge- No creo que sea problema para el ingeniero.
-Pero dado el paso acelerado de los efectivos y las proximidades a Londres sugiero la opción de entrar por la ribera norte. Si hay que construir algún puente en esta zona será mucho más fácil y rápido. Por el resto del trayecto el mayor inconveniente es el clima. Si creen que esto es húmedo y lluvioso, esperen a ver aquello. Casi no conocen un día soleado si no es en verano. Las temperaturas medias en estos días son de unos 4 grados, pero la humedad hace que se sienta mucho más.
-Pero no es en el viaje a Londres donde más nos preocupa la naturaleza. Es de suponer que tendremos que seguir hacia el Norte para ocupar el país. Posiblemente persiguiendo tropas en un terreno desconocido.
-La situación en el relieve no cambia, será el clima lo más preocupante. Empeorará. Al ser mas estrecha la isla, la cercanía al mar hace que los vientos sean más fuertes y cambien de rumbo bruscamente. Y por supuesto las heladas nocturnas no son algo para tomar a broma. Algo similar a las cumbres de los Alpes pero con lluvia y humedad extrema.
-Por eso no hay problema.- Prosiguió Soult -Nuestras tropas han atravesado toda Europa hasta Austria
-Sin olvidar Egipto y Siria,- agregó Ney -los cambios de clima tampoco nos detuvo.
-Si, pero si nos derrotaron alguna vez esos fueron los ingleses, y en esta oportunidad  no podemos fallar. Seamos realistas, no se trata solo de un ejército enemigo, además debemos contar con un pueblo más hostil de lo normal.- El comentario de Lannes no causó mucha gracia pero sabían que era verdadero.
-Lo que nos es más favorable- intervino el sire -es que el pueblo inglés no está acostumbrado a ser invadido y menos por un ejército de este calibre. Cuanto más rápido lo hagamos, mas rápido los acostumbraremos a todos que la guerra contra Francia ya no es una opción.

Por la tarde, después de la comida y una siesta en Clery, ya estaba totalmente seducido por la idea de continuar. La guerra era un riesgo muy grande para alguien que nunca había estado en una batalla, ni de ajedrez. Pero desde que escuché a aquellos hombres hablar de lo que costaría llevar a semejante ejército, me fascinó la posibilidad de conocer más al respecto.
A las seis de la tarde, un soldado de mi guardia me avisó que el Emperador me estaba esperando en su despacho del palacio. Cuando llegué, lo encontré en mangas de camisa, sentado ante un escritorio lleno de papeles muy bien ordenados en diferentes pilas. Estaba despeinado, como si se hubiese dormido en la misma silla y despertado hace poco, pero no se notaba cansancio en su cara. No tenía la expresión de dureza que solía llevar cuando hablaba de lo militar, y es mas, en cuanto me vio, me recibió con una media sonrisa invitándome un café que sirvió el mismo.
-¿Qué opina de la operación, Berthier?
-Bueno, como dijo Junot lo tenemos “bien atado”- y sonreí
-Je, je, no se de donde saca ese muchacho esas cosas. A veces pienso que está cada vez mas chalado. Temo que termine mal. ¿Sabe que se gastó una fortuna en un juego de cartas antes de venir hacia aquí? Ese vicio lo va a perder. Estuvo desaparecido durante toda la noche en París, la guardia sin dormir buscándolo por todos los cafés hasta que lo encontraron desayunando en una esquina de mala muerte con un sanscullotte. Y al parecer se había jugado todo, porque el hombre le tuvo que pagar el desayuno. ¿A usted le parece lógico? Un General de División perdido en las cafeterías…
Hablamos durante unas horas de los caminos y de la logística. Así se llamaba a la técnica de prever y transportar todo lo necesario para la campaña, desde la comida y las armas hasta las herramientas y los muebles. Esa era la parte que mas me gustaba, así que intervine bastante en la charla, con buenos aciertos. Aunque como era de esperar, los ingenieros ya habían previsto todo, y el propio Napoleón no dejaba escapar ni un detalle, demostrando no solo su experiencia en campañas sino también su brillante mente matemática que lo llevó a sobresalir en la escuela de artillería.

No hay comentarios:

Publicar un comentario